La ocasión perdida para solucionar la huelga de la justicia reclama a gritos el arbitraje urgente

Hace escasos instantes se ha hecho público que el plebiscito o consulta a los funcionarios de la Administración de Justicia durante largo tiempo en huelga ha mostrado el rechazo a la última propuesta del Ministerio de Justicia.

    1. En esta situación: Sevach lamenta que la oferta del Ministerio haya sido tan cicatera que no haya conseguido cautivar a los huelguistas, pese al agotamiento de los funcionarios y de sus nóminas. Diríase que Ministerio y sindicatos no hablan el mismo lenguaje o mas bien que no juegan con las mismas reglas (y me refiero a juego sin frivolidad, como licencia expresiva, ya que para los huelguistas lo que está en “juego” es nada menos que su trabajo y su dignidad). Veamos. El Ministerio parece jugar al póker y los sindicatos al ajedrez. Así, el póker es farol y audacia. Solo así puede tener sentido exigir el referendum en votación global a la propuesta ministerial. En efecto, conseguir aceptar ese planteamiento por los sindicatos es una trampa saducea (recordemos que los saduceos hicieron aquella pregunta a Jesucristo sobre si debían pagar impuestos, y la endiablada pregunta era una encerrona tanto si la respuesta era negativa como positiva).

    Y es que si el plebiscito fuera positivo (para lo que sin duda el Ministerio contaba con la debilidad de los huelguistas y la humana tendencia a volver al trabajo), el triunfo ministerial estaría garantizado al haber conseguido poner fin a una contienda interminable a precio de saldo, con gran regocijo del Ministerio de Hacienda.

    Y si el plebiscito fuere negativo, como ha acontecido, pues el Ministerio adoptará la pose de impotencia ante el sacrificio de las arcas públicas frente a las “insaciables” exigencias sindicales.

    Si a ello unimos, la complicidad de los medios de comunicación en cuanto a jalear al poder establecido y la siempre fácil crítica mediática a la figura funcionarial (máxime en tiempos de crisis económica), pues fácil resulta pronosticar el tanto a favor del ministro tras esta jugada de póker. Aunque no olvdemos que en el póker se gana una mano pero puede perderse a la siguiente.

    Sin embargo, los sindicatos juegan al ajedrez, donde impera la estrategia a largo plazo y la razón, y donde los sacrificios constituyen un camino hacia la meta.

    2. Así pues, en esta situación de bloqueo negociador, desconfianza recíproca y desgaste político y sindical, en que las víctimas son de un lado, los funcionarios judiciales de a pie, y de otro lado, los justiciables que ven como se amontonan sus papeles, solo cabe acudir al único sistema de solventar conflictos con equidad y dignidad. Me refiero al arbitraje urgente.

Hoy día los Estados mas encarnizados recurren a árbitros internacionales para solventar sus diferencias. La Administración admite la transacción para poner fin a los procedimientos administrativos, e incluso Hacienda promueve Actas con acuerdo para poner fin a las inspecciones. En el mundo de la justicia, todo el mundo sabe que mas vale un mal acuerdo que un largo pleito. Por eso, ahora es el momento de que ambas partes demuestre su flexibilidad y confien a un árbitro o a varios la resolución del conflicto de forma equitativa y desapasionada.

Sobran interpretaciones defectuosas del estado de las negociaciones, sobran criterios políticos, filtraciones a la prensa y algaradas. Basta con demostrar interés en solventar de forma justa y equitativa un conflicto de enormes proporciones. No hay tiempo que perder. Lo contrario es una irresponsabilidad. Y si los sindicatos proponen formalmente que se nombre un árbitro o árbitros a los negociadores del Ministerio, aquéllos estarían en su derecho para exigir que tal propuesta al menos sea sometida a refrendo, ratificación rechazo, por el mismísimo Presidente o el Consejo de Ministros. Ya no es tiempo de esconderse tras las cortinas de los negociadores ni del incienso burocrático.

No es difícil el arbitraje. Resolución independiente, rápida, y desapasionada. Da igual un arbitraje obligatorio, como un arbitraje voluntario, como un arbitraje informal con “pacto de caballeros”. No ha sido difícil acudir al arbitraje con las huelgas del sector de la limpieza o la construcción o el transporte en ocasiones harto notorias, ni tampoco lo será si los árbitros (que pueden ser personas o instituciones) se limitan a deliberar con serenidad y sensatez: ¿Cual es el precio que pueden aceptar los huelguistas sin humillarles?, ¿Cual es el precio que debe pagar el Ministerio por conseguir que el servicio público no llegue a un punto sin retorno?. Pueden manejar las variables tiempo, cantidad o condiciones de trabajo. Resolver este conflicto con buena fe es un juego de niños. No hace falta ser Salomón. Y como telón de fondo, hay que pensar que al fin y al cabo, los huelguistas no reclaman por capricho sino porque es difícil mirar impasible como quienes han hecho el mismo esfuerzo de acceso (oposición) y mismo trabajo (oficina judicial) cobran diferente, y porque más difícil es mirarse al espejo y aceptar que tan duro y largo sacrificio por una causa justa resulta inútil, como difícil será afrontar el futuro y explicar a ciudadanos y familiares que los insultos y descalificaciones de la profesión de funcionario judicial eran excesos dialécticos propios de torpeza negociadora, pues mala estrategia es desacreditar a quien tiende dieciocho mil manos para negociar.