Parece un vodevil judicial pero es real. Un individuo plantea una querella; el Juzgado de Instrucción inadmite la querella; formula dos recursos sucesivos frente a dicho auto que son desestimados; plantea incidente de nulidad de actuaciones que es desestimado y formula recurso de amparo ante el Tribunal Constitucional que es inadmitido.

Toma aire, respira hondo, y a renglón seguido, reclama indemnización por daños y perjuicios al Ministerio de Justicia porque el auto inicial de inadmisión de su querella aludía a la personalidad del recurrente como ” querulante”, expresión que daña su honor y dignidad, cifrando el daño en 380.000 euros; frente a la desestimación de tamaña reclamación recurre ante la Sala de lo Contencioso-Administrativo de la Audiencia Nacional que lo desestima y finalmente recurre ante el Tribunal Supremo, que por la recientísima sentencia de 13 de Abril de 2011 (rec.5829/2006) lo desestima.

1. Comprendo que el lector quede extenuado ante tantas etapas del via-crucis, que demuestran un recurrente intrépido, inasequible al desaliento, que llevan al Tribunal Supremo a afirmar en su Sentencia que el Auto del Juez de Instrucción que tan graves estragos morales ocasionó al recurrente se limita a “hacer mención a un informe de médico forense en el que se afirma que la querellante “tiene una personalidad con leve tendencia a la paranoia dentro de los límites normales pero que determina una personalidad “querulante” . Y sobre esa cuestión ese mismo fundamento contiene unas afirmaciones de quien dicta el Auto que apoyan ese aserto, pero que no son una invención sino la muestra patente a juicio de quien resuelve, en relación con ese rasgo de la personalidad de la persona que interpuso la querella, expresión que ni atenta a la dignidad ni a la intimidad de la querellante sino que constata el recorrido que (ha seguido) ante los tribunales”. Mas claro, el agua, pues el Supremo viene a decir que el Juez no  etiquetó al recurrente de “querulante” por capricho.

2. Quiere Sevach recordar que  “querulante” es una palabra que no figura en el Diccionario de la Real Academia española pero es ante la proliferación de la figura que  posiblemente en breve se incorporará al mismo. Algunos sitúan su origen en el término latino querulosus, cuyo significado es “que se queja continuamente”, y aunque otros prefieren bautizarlo coloquialmente como “tocahuevos” a mi me agrada especialmente la gráfica expresión de “mosca cojonera”.

Muy expresiva es la descripción del fenómeno en este blog: “El falso denunciante reincidente, y más aún quien adapta su modo de vida y profesión a esta repugnante práctica, tiene una estructura de su personalidad y un comportamiento psicopático y sociopático característico, generalmente respaldado por una activa inteligencia y una sobravaloración de sus propios derechos en perjuicio de quienes le rodean, y especialmente de sus denunciados, porque las denuncias falsas no suelen ser la única “hazaña” de la que es capaz un querulante. Insidias, infundios, conspiraciones, intoxicaciones y todo tipo de conflictividades surgen a su alrededor de manera difícilmente relacionables con él”.

Nunca falta un querulante en la comunidad de vecinos, ni en la Asociación de Padres de alumnos, ni entre los vecinos del pueblo, ni cualquier otro grupo imaginable que exceda de la docena, pues en todo rebaño hay ovejas negras y en toda comunidad hay alguien, como dicen en Extremadura, “como perro mal almorzado” que se cree en posesión de la verdad y además en el deber de acudir a los tribunales para que se la reconozcan.
El querulante no se ve frenado por la amenaza de las costas procesales, ni por el consejo prudente del abogado, ni por el aluvión de derrotas judiciales. No. El no falla, sino que el sistema o los jueces son los equivocados. Un querulante ejerciendo la acción pública es una bomba de racimo.

El problema del querulante es que, ya tenga su conducta origen en una patología psiquiátrica o en simple malignidad, le sucederá lo que a Pedro el de la fábula del lobo (¡Que viene el lobo, que viene!), que cuando tenga razón de verdad y luche por una causa realmente justa, posiblemente nadie le creerá y solo cosechará la indiferencia o la atención que se presta a las historias del abuelo Cebolleta.

3. En fin, en el caso comentado y zanjado por esa recientísima sentencia del Tribunal Supremo…¿qué se apuestan a que será recurrida ante el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo o ante las mismísimas Naciones Unidas?. Y como no, la cartita a su majestad el Rey, o al Papa…  O incluso la querella contra su propio abogado por incapaz. Quien sabe. El cuento de nunca acabar.

Solo me queda desearos que no se cruce en vuestro camino un querulante y os convierta en foco de sus demandas…o en cambio, desearos que se cruce si sois un abogado y al querulante le sobra dinero para estos divertimentos (aunque soy consciente de que un querulante es un pésimo cliente, porque quiere ser espectador y director de orquesta a la vez, sin espacio para que el abogado haga su labor con serenidad).